5 de septiembre de 2008

SEÑORAS CHIFLADAS Y JOVENES DROGADICTOS (JUAN MATIN SANTACHITA-2008)

El lugar se asemejaba a un geriátrico donde las señoras comentaban chismes y temas de actualidad o bien jugaban a las cartas pero, en realidad, era un neuropsiquiátrico henchido por jóvenes drogadictos que compartían sus experiencias junto a otros jóvenes esquizofrénicos, con trastorno bipolar y depresión.
Las paredes color ocre y las puertas azul marino jugaban con los tubos blancos de luz y las plantas de plástico pretendiendo inducir a los internos en un ambiente apacible y acallarlos en lo absurdo del encierro.
Había un patio de piso bordó que parecía una pajarera de abstracto propósito cuyas rejas delimitaban la claridad del cielo fragmentado e inalcanzable.
Las voces de las señoras chifladas y los jóvenes drogadictos se perdían en un murmullo general apestado por un cigarrillo que se mantenía siempre prendido.
Todos permanecían encerrados, tomaban regularmente su medicación y confluían en un mismo espacio físico, en el cual podía notarse el desgano y el abatimiento. Todos deseaban salir lo más pronto de allí y ese deseo los hermanaba a pesar de la diferencia de edad. Ciertas señoras chifladas hacían de madres de algunos jóvenes drogadictos, en otros casos la relación entre ambos generaba una morbosa confusión. La abstinencia sexual vuelve a los seres imprevisibles y eso era lo que ocurría en aquel loquero que carecía de grupos terapéuticos y apenas tenía actividades grupales.
El televisor emitía de manera ruidosa y repetitiva las noticias y los chimentos diarios. Toda una oportunidad para el enjuague cerebral.
Las visitas familiares se repartían de manera sexista y el resultado era lo más parecido a una kermese de unidad básica de barrio.
La abulia y el aburrimiento dominaban el corazón de aquellas almas a la deriva en su espera por la libertad. Todo se volvía extremadamente previsible: el desayuno, el almuerzo, la merienda, la cena, la hora de la medicación, hasta la hora de dormir.
El espectáculo era desolador, hacían fila para recibir el mismo plato de sopa, la lúgubre comida principal o el postre. Lo miso ocurría con la medicación que se repartía de a turnos molida y en pequeños papelitos doblados con el nombre inscripto de cada interno.
El “alta médica”, es decir, la libertad pendía de un informe psiquiátrico producto de la objetividad de un equipo de sujetos profesionales. No existía la posibilidad de fuga no violenta a la sanidad. Todo este paraíso se encontraba prolijamente enrejado con materiales resistentes a la fuerza bruta o a la astucia de quienes iban dejando en frascos de formól, su cerebro.
Todos deseaban huir del encierro y los estados alterados eran “contenidos” o apaciguados con temidas inyecciones de alopidol.
Sentados a la mesa juntos, entre el fastidio y la representación de su propia ruindad, señoras chifladas y jóvenes drogadictos terminaban compartiendo rondas de mate y guitarreadas mientras aguardaban aquel milagroso informe que les diera el alta de esta burbuja en la que estaban inmersos, adoctrinando hasta el hastío su cruel abyección.

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