El cuarto escondía el hedor que encierran los sueños muertos. El cuerpo emputecido yacía sobre el suelo boca abajo, su cabeza estaba golpeada en la frente y tenía un disparo en la nuca, el balazo no tenía orificio de salida.
La sangre se hallaba esparcida alrededor del difunto y estaba tan seca que a ella se habían adherido las últimas palabras escritas en un papel por el gayo poeta.
Según los peritos forenses hacía una semana que había sido ultimado. El disparo en la nuca demostraba que había sido asesinado por la espalda, probablemente mientras escribía: una lapicera gastada reposaba sobre el escritorio de madera, repleto de cuadernos y papeles sueltos llenos de frases incompletas.
El trayecto de la bala y la posición del cadáver descartaban la posibilidad de un suicidio. Algunos hablaban de venganza. El cenicero de bronce ubicado sobre una pequeña repisa contigua al escritorio mantenía asentados los restos de las cenizas que el viento habría volado a través de una de las ventanas entreabiertas que no habían logrado ventilar el olor pestilente y nauseabundo que embalsamaba aquel paisaje aterrador.
Las cortinas, salpicadas con manchas de sangre color bordó iban y venían al antojo de Céfiro.
Los ojos del poeta miraban elocuentemente la nada mientras las moscas de Belcebú comían de la podredumbre que quedaba de él.Nadie en el lugar advertía que el otoño había comenzado exactamente una semana atrás.
La sangre se hallaba esparcida alrededor del difunto y estaba tan seca que a ella se habían adherido las últimas palabras escritas en un papel por el gayo poeta.
Según los peritos forenses hacía una semana que había sido ultimado. El disparo en la nuca demostraba que había sido asesinado por la espalda, probablemente mientras escribía: una lapicera gastada reposaba sobre el escritorio de madera, repleto de cuadernos y papeles sueltos llenos de frases incompletas.
El trayecto de la bala y la posición del cadáver descartaban la posibilidad de un suicidio. Algunos hablaban de venganza. El cenicero de bronce ubicado sobre una pequeña repisa contigua al escritorio mantenía asentados los restos de las cenizas que el viento habría volado a través de una de las ventanas entreabiertas que no habían logrado ventilar el olor pestilente y nauseabundo que embalsamaba aquel paisaje aterrador.
Las cortinas, salpicadas con manchas de sangre color bordó iban y venían al antojo de Céfiro.
Los ojos del poeta miraban elocuentemente la nada mientras las moscas de Belcebú comían de la podredumbre que quedaba de él.Nadie en el lugar advertía que el otoño había comenzado exactamente una semana atrás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario