Todos los internos estábamos sentados en el comedor cuando oímos que el anciano discutía con la enfermera del turno mañana. El viejo consideraba que el loquero no era un lugar para estar y lo decía indignado pues gustaba de la cordialidad. Ella era displicente y grosera. Él necesitaba atención porque era un anciano y como tal debía ser tratado con educación. Alguna vez había sido comandante de aviación y elegido “hombre del año”. Él nunca se cortaba la cara al afeitarse. Según sus palabras, ella era parte de la policía de la salud y abría la puerta de su habitación como si estuviera en un presidio. En el lugar no había un solo reloj y eso molestaba al anciano pues para él el tiempo era una cuestión de vida o muerte. Allí se pagaba para ser atendido como un ser humano que tiene sus necesidades. Ella tenía un trato extrahumano y, tal como la describía el anciano, era una mocosa atropellante. Estar contenido con un chaleco de fuerza no era una necesidad, tampoco la silla de ruedas ya que él podía caminar. Pero ella era especialista en trato extrahumano. El pretendía la norma de la tolerancia, ella afirmar su sexo y allí todos estaban conviviendo, de hecho los policías de la salud no eran más que meros empleados. Ella lo prefería minusválido, resultaba menos molesto. Para él, la convivencia entre aptos y no aptos debía existir y una sonrisa era más agradable que un gesto carcelero.
El anciano tenía prohibido tomar mate y no comprendía el porqué por eso, entre nosotros, cebaba mate para él y para todos mientras las enfermeras no lo vieran, entonces se armaba la ronda y las conversaciones dejaban de ser vacías y estériles. Entre sollozos nos contaba que había vivido la guerra y la paz en esta tierra y nos aconsejaba que cuanto más permaneciéramos en este lugar más nos pareceríamos a los que fracasaron.
El agua caliente caía lentamente del termo que sujetaba casi sin fuerza y cebarnos el mate lo hacía sentir vivo mientras nos hablaba de los aviones invisibles y nos prometía que nunca dejaría que pongan sombra donde hay sol.
El anciano tenía prohibido tomar mate y no comprendía el porqué por eso, entre nosotros, cebaba mate para él y para todos mientras las enfermeras no lo vieran, entonces se armaba la ronda y las conversaciones dejaban de ser vacías y estériles. Entre sollozos nos contaba que había vivido la guerra y la paz en esta tierra y nos aconsejaba que cuanto más permaneciéramos en este lugar más nos pareceríamos a los que fracasaron.
El agua caliente caía lentamente del termo que sujetaba casi sin fuerza y cebarnos el mate lo hacía sentir vivo mientras nos hablaba de los aviones invisibles y nos prometía que nunca dejaría que pongan sombra donde hay sol.