5 de septiembre de 2008

HISTORIA DEL ANCIANO Y LA ENFERMERA (JUAN SANTACHITA -2008)

Todos los internos estábamos sentados en el comedor cuando oímos que el anciano discutía con la enfermera del turno mañana. El viejo consideraba que el loquero no era un lugar para estar y lo decía indignado pues gustaba de la cordialidad. Ella era displicente y grosera. Él necesitaba atención porque era un anciano y como tal debía ser tratado con educación. Alguna vez había sido comandante de aviación y elegido “hombre del año”. Él nunca se cortaba la cara al afeitarse. Según sus palabras, ella era parte de la policía de la salud y abría la puerta de su habitación como si estuviera en un presidio. En el lugar no había un solo reloj y eso molestaba al anciano pues para él el tiempo era una cuestión de vida o muerte. Allí se pagaba para ser atendido como un ser humano que tiene sus necesidades. Ella tenía un trato extrahumano y, tal como la describía el anciano, era una mocosa atropellante. Estar contenido con un chaleco de fuerza no era una necesidad, tampoco la silla de ruedas ya que él podía caminar. Pero ella era especialista en trato extrahumano. El pretendía la norma de la tolerancia, ella afirmar su sexo y allí todos estaban conviviendo, de hecho los policías de la salud no eran más que meros empleados. Ella lo prefería minusválido, resultaba menos molesto. Para él, la convivencia entre aptos y no aptos debía existir y una sonrisa era más agradable que un gesto carcelero.
El anciano tenía prohibido tomar mate y no comprendía el porqué por eso, entre nosotros, cebaba mate para él y para todos mientras las enfermeras no lo vieran, entonces se armaba la ronda y las conversaciones dejaban de ser vacías y estériles. Entre sollozos nos contaba que había vivido la guerra y la paz en esta tierra y nos aconsejaba que cuanto más permaneciéramos en este lugar más nos pareceríamos a los que fracasaron.
El agua caliente caía lentamente del termo que sujetaba casi sin fuerza y cebarnos el mate lo hacía sentir vivo mientras nos hablaba de los aviones invisibles y nos prometía que nunca dejaría que pongan sombra donde hay sol.

APOLOGÍA DEL PECADO (JUAN SANTACHITA – 2008)

Hace ya varios meses que vengo (des)esperando un día que me tiene a maltraer, como si fuera el mismísimo día de vuelta a la escuela. Me invade un sentimiento confuso: no se si prefiero morir de dolor cuando llegue o aceptarlo con resignación como un alivio, pues ya no puedo seguir especulando o fantaseando con algo que me excede, además mi corazón no da abasto.
No extraño la rutina de calzarme el guardapolvo planchado ni tomar mi cuaderno para escribir las palabras más dulces que de cualquier forma permanecerán ausentes e inermes. Sin embargo, espero ese día derrapando maldiciones entre copas y versos de ceniza, palabras que jamás llegarán a conmoverte.
Por eso querría no tener que asistir a aquella celebración a cielo abierto pero lo reconozco, me gusta sufrir.
Por el momento, voy preparando mi impermeable y auguro la lluvia que, al menos por un tiempo, prolongue el fin de mis días, cuando aquel beso ajeno y ladino estalle en mi pecho desgarrando mi corazón.
La claridad que vestirá tu cuerpo reluciente será para mi una cárcel de blancos bordeados y prolijos drapeados.

SEÑORAS CHIFLADAS Y JOVENES DROGADICTOS (JUAN MATIN SANTACHITA-2008)

El lugar se asemejaba a un geriátrico donde las señoras comentaban chismes y temas de actualidad o bien jugaban a las cartas pero, en realidad, era un neuropsiquiátrico henchido por jóvenes drogadictos que compartían sus experiencias junto a otros jóvenes esquizofrénicos, con trastorno bipolar y depresión.
Las paredes color ocre y las puertas azul marino jugaban con los tubos blancos de luz y las plantas de plástico pretendiendo inducir a los internos en un ambiente apacible y acallarlos en lo absurdo del encierro.
Había un patio de piso bordó que parecía una pajarera de abstracto propósito cuyas rejas delimitaban la claridad del cielo fragmentado e inalcanzable.
Las voces de las señoras chifladas y los jóvenes drogadictos se perdían en un murmullo general apestado por un cigarrillo que se mantenía siempre prendido.
Todos permanecían encerrados, tomaban regularmente su medicación y confluían en un mismo espacio físico, en el cual podía notarse el desgano y el abatimiento. Todos deseaban salir lo más pronto de allí y ese deseo los hermanaba a pesar de la diferencia de edad. Ciertas señoras chifladas hacían de madres de algunos jóvenes drogadictos, en otros casos la relación entre ambos generaba una morbosa confusión. La abstinencia sexual vuelve a los seres imprevisibles y eso era lo que ocurría en aquel loquero que carecía de grupos terapéuticos y apenas tenía actividades grupales.
El televisor emitía de manera ruidosa y repetitiva las noticias y los chimentos diarios. Toda una oportunidad para el enjuague cerebral.
Las visitas familiares se repartían de manera sexista y el resultado era lo más parecido a una kermese de unidad básica de barrio.
La abulia y el aburrimiento dominaban el corazón de aquellas almas a la deriva en su espera por la libertad. Todo se volvía extremadamente previsible: el desayuno, el almuerzo, la merienda, la cena, la hora de la medicación, hasta la hora de dormir.
El espectáculo era desolador, hacían fila para recibir el mismo plato de sopa, la lúgubre comida principal o el postre. Lo miso ocurría con la medicación que se repartía de a turnos molida y en pequeños papelitos doblados con el nombre inscripto de cada interno.
El “alta médica”, es decir, la libertad pendía de un informe psiquiátrico producto de la objetividad de un equipo de sujetos profesionales. No existía la posibilidad de fuga no violenta a la sanidad. Todo este paraíso se encontraba prolijamente enrejado con materiales resistentes a la fuerza bruta o a la astucia de quienes iban dejando en frascos de formól, su cerebro.
Todos deseaban huir del encierro y los estados alterados eran “contenidos” o apaciguados con temidas inyecciones de alopidol.
Sentados a la mesa juntos, entre el fastidio y la representación de su propia ruindad, señoras chifladas y jóvenes drogadictos terminaban compartiendo rondas de mate y guitarreadas mientras aguardaban aquel milagroso informe que les diera el alta de esta burbuja en la que estaban inmersos, adoctrinando hasta el hastío su cruel abyección.

EXTRAÑA MUERTE DEL POETA ULTIMADO POR EL OTOÑO (JUAN SANTACHITA – 2008)

El cuarto escondía el hedor que encierran los sueños muertos. El cuerpo emputecido yacía sobre el suelo boca abajo, su cabeza estaba golpeada en la frente y tenía un disparo en la nuca, el balazo no tenía orificio de salida.
La sangre se hallaba esparcida alrededor del difunto y estaba tan seca que a ella se habían adherido las últimas palabras escritas en un papel por el gayo poeta.
Según los peritos forenses hacía una semana que había sido ultimado. El disparo en la nuca demostraba que había sido asesinado por la espalda, probablemente mientras escribía: una lapicera gastada reposaba sobre el escritorio de madera, repleto de cuadernos y papeles sueltos llenos de frases incompletas.
El trayecto de la bala y la posición del cadáver descartaban la posibilidad de un suicidio. Algunos hablaban de venganza. El cenicero de bronce ubicado sobre una pequeña repisa contigua al escritorio mantenía asentados los restos de las cenizas que el viento habría volado a través de una de las ventanas entreabiertas que no habían logrado ventilar el olor pestilente y nauseabundo que embalsamaba aquel paisaje aterrador.
Las cortinas, salpicadas con manchas de sangre color bordó iban y venían al antojo de Céfiro.
Los ojos del poeta miraban elocuentemente la nada mientras las moscas de Belcebú comían de la podredumbre que quedaba de él.Nadie en el lugar advertía que el otoño había comenzado exactamente una semana atrás.